Dos semanas de ausencia y parece que he estado fuera toda
una vida. He visto como la vida digital pasaba delante de mis ojos y no podía,
ni quería, hacer nada por participar en ella. El pequeño personaje se ha puesto
malito y hemos hecho una visita al hospital de varios días, tras otros tantos de
convalecencia en casa. Agotamiento mental y físico, ¿y yo quiero tener otro? La
raza de las madres está extrañamente majara.
Estos días me ha dado por pensar mucho, mucho. Y una de las
cosas en las que más ha incidido mi pobre mente insistente es en la necesidad
de enseñar a los padres a tratar con las enfermedades de los más pequeños. ¿Por
qué no supe nada de Apiretales y Dalsys hasta que no los necesité? ¿Por qué en
las clases de preparación al parto me hablaban de cómo amamantar a mi futuro
bebé o de las mejores cremas para el culito y no de qué cosas pueden afectarle
y qué tengo a mano para tratarlo? Apiretal, Dalsy, Eupeptina (comprada pero no
llegada a utilizar), supositorios de glicerina, supositorios para la fiebre, Ventolín…
A mí, con que me hubieran hablado de los dos primeros, me hubiera bastado. Y ya
si me hubieran dicho desde el principio que Apiretal era paracetamol y Dalsy,
ibuprofeno, le hubiera estampado un besazo a la monitora. Los baños de agua
fresca para fiebres de cerca de 40 ya están agregados en la sabiduría popular
(más bien en la sabiduría popular del señor M.).
En fin, vuelvo al ruedo poco a poco, sabiendo que esta lucha
contra un bicho invisible (que no inexistente) no es más que una entre mil. Más
peligro tienen los virus y bacterias que las caídas y las peleas.

